Días de todos los santos, muertos, difuntos y curiosos enterramientos.
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Cuentan que los Salaminos enterraban
a sus muertos de espaldas a los agarenos, que eran sus mortales enemigos; de
manera que la enemistad que había entre ellos, no sólo duraba toda la vida,
sino que se mostraba hasta en la sepultura.
Los Masagetas, cuando moría
un hombre o una mujer, le sacaban toda la sangre de las venas y, juntos todos
sus parientes, bebían la sangre y después enterraban el cuerpo.
Los Hircanos lavaban los
cuerpos de los muertos con vino, los untaban con aceite oloroso, después que
los parientes habían llorado y enterrado los cuerpos de los muertos, guardaban
aquel aceite para comer y aquel vino para beber.
Los Caspios, acabando
de espirar el difunto, le echaban al fuego, cogían las cenizas de los huesos en
un vaso y las bebían después poco a poco en el vino, de manera que las entrañas
de los vivos eran los sepulcros de los muertos.
Los Escitas tenían la
costumbre de no enterrar a ningún hombre muerto sin enterrar con él otro hombre
vivo, y si no había nadie que por propia voluntad quisiera enterrarse con el
muerto, compraban un esclavo y le enterraban a la fuerza con el muerto.
Los Batros curaban al
humo todos los cuerpos, como se curan las cecinas en la montaña, durante ese
año, en lugar de cecina, echaban un pedazo del cuerpo del muerto en el
pote.
Los Tiberinos criaban
unos perros muy feroces, los cuales, acabando el muerto de espirar, le
despedazaban y comían; de manera que los estómagos de los perros eran donde los
tiberinos enterraban a sus difuntos.
Los Nasamones enterraban
a los cadáveres sentados, cuando observaban que el enfermo iba a morir, lo
sentaban en la cama, para que espirara en esa posición y no boca arriba.
Los Eslavones hacían en
las ceremonias funerarias un festín religioso llamado Trizna, tan espléndido
como era posible. La misma costumbre tenían en Rusia, donde apenas no se hacía
un entierro sin que se sirviera a los asistentes toda clase de licores que
tomaban alrededor del cadáver.
Los hebreos enterraban a
sus muertos en sus campos o viñas, y ponían encima una gran losa de piedra
labrada. Generalmente los antiguos se enterraron dentro de sus casas, o en
medio de sus tierras, así donde había un montículo de tierra y piedras era
señal de que alguien estaba enterrado.
Después de Constantino el grande, se introdujo la costumbre
de enterrar a los muertos en las iglesias, que se abandonó por ser una fuente
infecciosa y se hicieron los cementerios tal y como los conocemos hoy.