Día internacional de la juventud.

La infancia, la pubertad, la juventud, la edad madura y la senectud son las etapas en que habitualmente se reparte la vida de las personas. Hasta el siglo pasado se pasaba de una a otra rápidamente: los niños dejaban de serlo muy rápido y se convertían en adultos productivos casi en la pubertad; con una esperanza de vida mucho menor que la nuestra debían quemar etapas rápidamente. Fue en el siglo XX, con la universalización de la educación obligatoria, por la necesidad de formación y por el desarrollo tecnológico cuando aparece la juventud como tal, que se puede prolongar indefinidamente, dadas las condiciones del mercado formativo y laboral y dadas también unas mayores esperanzas de vida. Así, esa etapa del “todavía no pero ya casi”, ese “divino tesoro”, esa “felicidad indocumentada”, se convierte en la más deseada, tanto para los que no han llegado a ella como para los que ya la han pasado. Se comprueba esto fácilmente mirando la oferta de miles de productos “rejuvenecedores” que prometen la “eterna juventud” incluso a la “tercera edad”.
La idealización de la juventud puede traer consigo efectos colaterales indeseables que ya Platón en la “Republica” destacó: “a los mozos vanos y locos en vano les damos consejos buenos; porque la juventud es sin experiencia de lo que sabe, sospechosa de lo que oye, incrédula de lo que le dicen, menospreciadora del consejo ajeno y muy pobre del suyo propio”.

En este día internacional de la juventud pocos jóvenes seguirán el consejo que les da A. Machado en “Juan de Mairena”: “Haced política, porque si no la hacéis vosotros, otros la harán en contra vuestra”. Y los que ya no lo son deberían dejar de aspirar a serlo, ya que necio es quien no madura a tiempo.