el cazurro ilustrado

19 marzo 2007

Pruebas de paternidad.


Si nos ceñimos a la ortodoxia católica, resulta cuando menos paradójico que se haya elegido a San José el patrono de los padres y no tanto que sea el de los carpinteros.
Si hacemos caso de la noticia, el supuesto sinsentido comienza a adquirir visos de sensatez y lógica: en el año 2006 más de cuatro mil españoles recurrieron el año pasado a la prueba genética para saber si su hijo es suyo y se sometieron al test de ADN sobre paternidad. Los resultados dicen que al menos un diez por ciento de los hijos son de un padre distinto al que cree serlo. Dicho a las claras, una décima parte de los padres están genuinamente representados por el santo carpintero, el cual supo de la no paternidad por revelación divina con la misma fiabilidad (99,9 %) con que pueden saberla los padres dudosos recurriendo a métodos más profanos pero igualmente eficaces.
Licurgo, justo legislador de Esparta, se anticipó a estos inconvenientes ordenando que no se mirara a los hijos como propiedad de los padres, sino que los consideró comunes a toda
la ciudad, por lo que no quería que los ciudadanos fueran hijos indiferentemente de cualesquiera, sino de los más virtuosos; y por otra parte acusaba de necias y orgullosas las
disposiciones en este punto de otros legisladores, los cuales para las castas de los perros y de los caballos, por precio o por favor, buscan para padres los mejores que pueden hallarse,
y en cuanto a las mujeres, cerrándolas como en una fortaleza, no permiten que procreen sino de sus maridos, aunque sean o necios, o caducos, o enfermizos. Intentó quitar del matrimonio la afrenta y el desorden, dejando en comunión de los hijos y su procreación a todos los que lo merecían, y mirando con desdén a los que trataban de hacer estas cosas exclusivas e incomunicables a costa de muertes y de guerras; porque el marido anciano de una mujer moza, si había algún joven gracioso y bueno a quien tratara y de quien se agradase, podía introducirlo con su mujer y, mejorando de casta, hacer propio lo que así se procrease. También a la inversa era permitido a un hombre excelente, que admiraba a una mujer bella y madre de hijos hermosos, casada con otro, persuadir al marido a que le consintiese gozar para tener en ella, como en un terreno recomendable por sus bellos frutos, hijos generosos, que fuesen semejantes y parientes de otros como ellos. Así lo cuenta Plutarco.