el cazurro ilustrado

14 diciembre 2005

Ciencia, creencia y engaño


Las personas tienen derecho a creer en lo que les apetezca, pero también tienen derecho a saber que las pueden estar engañando. Un 15% de la población recurre a curanderos cuando tiene algún problema de salud; entre la cuarta parte y la mitad de los españoles tiene alguna creencia esotérica; las dos principales revistas ocultistas de España venden más de 50.000 ejemplares mensuales, los echadores de cartas y expertos en artes adivinatorias se anuncian por doquier. La lista de este tipo de datos es muy larga, lo cual es preocupante, por lo menos para aquellos a los que una cierta decencia intelectual les impide “creerselo todo”.
Otros fenómenos están apareciendo con igual fuerza: los libros de autoayuda que hasta ahora se han escrito, dan tan escasa luz, que los lectores más cultos andan como a ciegas, sin saber a quién han de creer, qué teoría han de seguir y qué rumbo han de tomar en la curación de las enfermedades. La práctica terapéutica que hoy se observa, está viciada con mil axiomas falsos, o inútiles. Las terapias postmodernas (delfinoterapia, equinoterapia, vinoterapia, canoterapia, reiki, musicoterapia y otras muchas que vendrán...) lejos de haber crecido a una racionalidad científica proporcionada, deben considerarse aún en la cuna o en el engaño.
Muestran estas nuevas terapias una excesiva confianza en sus propias experiencias y casi ninguna en las teorías científicamente comprobadas. Proponen fácilmente la cura de muchas enfermedades (autismo, parálisis cerebral, cáncer.....) las cuales, ni ellos mismos, ni ningún otro hombre remedió hasta ahora. Engañan al público con la ostentación de remedios, que, posiblemente ellos mismos experimentaron inútiles, y exponen a los pobres pacientes y a los que leen sus obras, a la curación, para quedar burlados, después de gastar con varios remedios el dinero y el tiempo. Todo en estas nuevas terapias es disputado: luego todo es dudoso. El aplauso común frecuentemente engaña; porque suelen tener más parte en él el artificio y la política, que la ciencia. Una casualidad pone en crédito a un ignorante.
El fundamento de la experiencia, no siendo ésta muy constante y muy notoria, es harto débil, porque todos le alegan a su favor. Y esto viene de que de cualquier modo que traten estos terapeutas a los pacientes, si no les dan veneno, mejoran unos, y empeoran otros. El que está a favor del remedio aplicado, atribuye la mejoría al remedio, si el paciente mejora ; y el empeoramiento a la fuerza insuperable de la enfermedad, si empeora. El que está contra el remedio, atribuye al remedio el empeoramiento, si empeora; y la mejoría a la valentía de la naturaleza, si mejora. Por esta causa muchas veces achacan injustamente al terapeuta el empeoramiento del paciente; y muchas le agradecen sin razón la mejoría. Lo cierto es, que muchas veces mejorará el paciente, no sólo ordenándole el terapeuta una terapia fuera de propósito, mas también aunque le dé una puñalada, porque con todo puede su naturaleza.
Ninguna cosa es tan absurda, decía Cicerón, que no se halle apoyada por algún Filosofo. Yo añado que no hay necedad, ni error por feo que sea, que no haya encontrado insignes aprobadores.