el cazurro ilustrado

18 enero 2005

Postmodernidad

La “terapeutica” vida postmoderna.
Mag Castañón.

Vivimos en un mundo en el que, aunque mucho parece posible, apenas nada o muy poco es probable.

Postmodernidad y postmodernismo son conceptos muy utilizados en la actualidad. Comúnmente se entiende por “postmodernismo” a un conjunto de proposiciones, valores o actitudes que, independientemente del grado de su validez teórica, no puede negarse que existen y funcionan ideológicamente como parte de la cultura, la sensibilidad y la situación de nuestro tiempo. El rechazo a la totalidad y a los “grandes relatos”, el culto al fragmento y a la diferencia, los usos del caos, la ironía, el relativismo, la actitud lúdica, son rasgos de esta sensibilidad , en la que el mercado (el consumismo) ocupa el centro alrededor del cual gira el mundo.
En esta Nueva Era del paradigma cósmico puede decirse, sin exageración, que todo cura todo; la terapia está en todas partes (parece una verdadera “panenterapia”). Los “best sellers” son terapéuticos al igual que los delfines, los caballos, la música, la sonrisa, las mascotas, el masaje, los aromas y todo cuanto admita como sufijo “terapia”; hasta he encontrado defensores de la “vinoterapia”. Para agilizar la curación, bastaría, al parecer, con “dejar fluir la energía” y creer ciegamente (¡ignoramus, ignorabimus!) en la magia o el chamán de turno. Pues es lo cierto que además de los consabidos problemas sociales, psicológicos y filosóficos, también estaríamos acechados, en nuestra nueva era, por constantes “problemas espirituales”, según la denuncia de los conspiradores de Acuario. No bastaría ya con tener una adecuada imagen del yo o hacerse un hombre de provecho, ahora sería preciso también tener los chakras armonizados, saber respirar abdominalmente en ocho tiempos y conocer al menos los rudimentos de la mitología hindú. Para conseguir pareja, ya no bastaría con el tradicional acuerdo entre familias o el amor romántico, sino que habría que rastrear también las correspondencias astrológicas. Y antes de iniciar cualquier empresa de vital importancia, deberíamos tirar los dados del i-ching o las cartas de Tarot. Realmente agotador. En efecto, las exigencias a las que se ve sometido el ciudadano del primer mundo representan ingentes y verdaderamente inagotables fuentes para la continua renovación de escisiones anímicas. A nuevas capacidades, nuevas incapacidades; y tras la luz de los “despertados”, correrá paralela la sombra de unos nuevos “discapacitados emocionales”, llevando a rastras la sin duda pesadísima hipertrofia de la razón.
La búsqueda de un incremento en los bienes materiales, de los logros académicos, de el prestigio social, sin duda, aporta un inicial surgimiento de placer; pero a través de este consumismo feroz, se convierte en un efímero y ficticio bienestar. Fabricamos el bienestar mediante un utilitarismo sin límites, gracias también al diseño de fármacos (venlafaxina, paroxetina, fluoxetina, clomipramina, alprazolam, benzodiaceoinas, imipramina, fluvoxamina, citalopram, anfetaminas, hipnóticos, etc.) que tratan de mejorar nuestro estado de ánimo, escapando de la tensión, de la angustia y de la frustración... y, especialmente, de la soledad. La escasez de relaciones sociales, de afectividad y de compromiso con el otro o los otros, nos lleva inexorablemente a la soledad, un sentimiento desgarrador mediante el cual, el sujeto se ve impedido a compartir con otros sus inquietudes personales, percibe (o tal vez se imagina) que los otros no le quieren ni se preocupan por él y, en última instancia, se siente alienado o diferente de los miembros de su comunidad. Igualmente, el aumento del individualismo y la disminución de valores éticos y morales, también explican la epidemia de desesperanza que se extiende implacablemente los fines de semana entre nuestros jóvenes, poniéndoles a merced del alcohol y de numerosas drogas.
La sociedad no coloca sino parches, las instituciones generan personas integradas pero inmaduras, los gobiernos proporcionan techo, comida y trabajo y los psicólogos proporcionamos la dotación básica de recursos y habilidades de afrontamiento que deberían enseñarse en los colegios, pues en un ambiente diverso nacemos, nos desarrollamos, aprendemos, erramos y nos recuperamos, y, sin embargo, el ambiente protector desobedece las mas elementales leyes de la conducta, facilitando refuerzo positivo a la conducta inadaptada, y no premia el esfuerzo, los objetivos, la constancia, las metas y el duro camino que hay que sufrir para mantener la cordura en una sociedad en el que el mayor problema es que los deseos crecen en proporciones muy por encima de las posibilidades de su satisfacción.. Aunque mucho parece posible, apenas nada es probable.