Todas
las sociedades han establecido y establecen lo que es adecuado y lo que no.
Para ello se encarga a unos “expertos” que digan cómo distinguir a los individuos
“adaptados” e “inadaptados” en función de unos criterios de selección que
pueden ir desde la posesión diabólica hasta el DSM V. Esto lleva emparejado
también el trato que se ha de otorgar a los individuos “diferentes”o "no
adaptados".
Hoy los “expertos” abogan por una escuela que responda a la diversidad de los
alumnos, independientemente de las necesidades educativas que presenten. El currículo
ha de ser el mismo para todos y cuando un alumno tenga mayores dificultades que
el resto de sus compañeros, deben tomarse medidas específicas que favorezcan su
desarrollo, no sólo académico sino también personal y social, dentro de un
contexto de normalización y de inclusión. Sin embargo, los influyentes modelos
etiquetadores y estigmatizadores anteriores siguen aún en solapada vigencia.
Muchos “expertos” buscan la “piedra filosofal” en las concepciones
diagnósticas, tanto del diagnóstico psiquiátrico como del psicodiagnóstico
tradicional que interfieren con los derechos del niño y de la familia. Estas
prácticas no contribuyen ni promueven el bienestar del niño en todas sus
facetas: emocional, física, interpersonal, material y ni a su desarrollo
personal, al que tienen derecho todos los alumnos. Sería conveniente una mirada
a la psicología científico-experimental, abandonando las categorías
biologicistas u organicistas para centrarse en las socioambientales y
psicosociales. Porque la
discapacidad tiene su origen en las prácticas sociales, no en la falta de
inteligencia o en la ausencia, más o menos acusada, de determinadas estructuras
corporales, ni en el conocimiento científico al que la sociedad asigna valor de
verdad. La discapacidad no existe si no se la pone en práctica. Aunque la
limitación pueda ser fija, podemos superar ( no curar) la discapacidad sin
necesidad de terapéuticas especiales, sino a través de las prácticas cotidianas
y de la consideración que tenga la sociedad sobre la persona con la supuesta
discapacidad.
Si queremos cambios en las prácticas sociales establecidas se ha de empezar por
el análisis de las consecuencias que las están manteniendo y que no son otras
que las contingencias de reforzamiento de la conducta de los individuos que
forman el grupo y la organización de referencia. Si queremos establecer nuevas
prácticas habremos de asegurar las consecuencias que las mantengan. Somos
contrarios a la guerra, pero dejamos que trabajen los arsenales; combatimos el
alcoholismo, pero las destilerías hacen toda su producción; luchamos contra el
analfabetismo, pero mantenemos a los niños y a los adultos en la ignorancia de
todas las cosas esenciales; negamos la discriminación, pero nos apartamos del
diferente; nos revelamos contra el consumismo, pero pasamos las tardes en las
superficies comerciales comprando cosas innecesarias; criticamos a la
televisión-basura, pero conocemos cada uno de sus programas; odiamos que nos
rechacen por alguna de nuestras características, pero rechazamos según nuestros
prejuicios, que no son pocos, y así un sin fin de contradicciones rigen nuestra
vida personal y social.
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